La cópula podrá ser posible afuera, pero aquí la cosa es disyuntiva: un vestuario es, por definición, masculino o femenino.
Javier Daulte ha encarado el montaje simultáneo de dos espectáculos, independientes entre sí, pero unidos por un mismo núcleo narrativo. Las alternativas, femenina y masculina, ¿traerán aparejados dos universos emocionales diferentes? ¿Distintos conflictos, o modos de abordarlos? ¿Diversas formas de vincularse con el deporte y la competencia, con lo humano, con el compañerismo y su opuesto?
Puras conjeturas. Quien esto escribe se circunscribió al universo masculino.
Allí, la violencia es física, y por momentos se confunde con el cariño. Los conflictos pueden terminar a las piñas, y no sientan un precedente rencoroso: la violencia contra el cuerpo del otro sella un pacto tácito, el conflicto se agota allí. En Vestuario de hombres lo eminentemente masculino es la masa madre sobre la cual se monta la estructura dramatúrgica.
Los prejuicios y la homosexualidad, la ética deportiva, algo de psicología social, la camaradería y la competencia, los cuerpos atravesados por la violencia y la vulnerabilidad; todos estos ingredientes se combinan con el sentimiento patrio: una argentinidad recalcitrante, esa que emerge ante un enemigo común (sea deportivo o no), y remite a una identidad que se construye frente a lo otro. Y aquí vuelvo sobre la violencia porque, en Vestuario de hombres, funciona como vehículo narrativo: lo que se cuenta tiene que ver con el modo en que esa violencia está presente en las relaciones, en el desempeño deportivo-competitivo, en el vínculo con los cuerpos de los demás y con el propio, en la asociación perversa contra el diferente (extranjero, homosexual, débil, decente…) En todo lo que sucede, incluso en los momentos de distensión, se percibe una violencia latente; y en esta constante, probablemente, está condensada una hipótesis sobre la condición, no de lo masculino a secas, sino de lo argentino-masculino.
Daulte arriesga una mirada, podríamos decir, pesimista, y claramente crítica: hay mucho de patético en estos individuos (incluso en esa grandeza medio berreta con la que tanto sueñan).
La nobleza del juego limpio, de la sana competencia, se evapora prácticamente desde la largada, y sólo reaparece cierta hermandad cuando se revela un enemigo externo. La violencia, que ya ha estallado en todas direcciones, ahora se concentra: hace foco en una última víctima, y se manifiesta en forma de una brutalidad gratuita, grotesca, innecesaria (que remite –deliberadamente o no, aunque no creo que por pura casualidad- a una escena muy famosa de la literatura argentina; aquella que cierra El Matadero, de Esteban Echeverría)
Esta escena pone en imagen un tipo de violencia que, una vez que se prende la mecha, crece y se descontrola, se autonomiza casi, hasta que ya no importa cuál fue su origen; hasta que ya no se sabe bien para qué se mata, ni por qué se muere.
Vestuario de hombres ilumina lo masculino metiéndose en un espacio íntimo, en una situación particular, pero abarcando un universo complejo y multiforme. Habrá que ver cómo funciona en relación con su contracara femenina. Quizás recién entonces se termine de armar el rompecabezas.
Sol Lebenfisz
ELENCO:
Joaquín Berthold
Federico Buso
Julián Calviño
Gerardo Chendo
Héctor Díaz
Juan Grandinetti
Walter Jacob
Javier Niklison
Marcelo Pozzi
William Prociuk
Ezequiel Rodríguez
FICHA TÉCNICA:
Escenografía: Alicia Leloutre
Vestuario: Mariana Polski
Iluminación: Gonzalo Córdova
Haka: Luciana Acuña
Prensa: Duche & Zárate
Diseño de postales: Lucía Rud
Fotografía: Pablo Sujo
Producción ejecutiva: Sebastián Polito
Asistentes de dirección: Leandro Orellano – Ezequiel Peleteiro
Meritoria de dirección: Martina Cabanas Collel
Asistencia de dramaturgia y director adjunto: Héctor Díaz
Dirección: Javier Daulte
Espacio Callejón – Humahuaca 3759 – Tel: 4862 – 1167
Viernes 21hs // Sábados 23hs
Localidades: $ 50.-
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