Scalabrini Ortiz analiza, en su obra El hombre que está solo y espera (1931), la palabra macanudo, un elemento típico del lenguaje popular porteño: Macanudo es por igual el despilfarrador, el aquiescente, el enérgico, el débil de carácter y seguidor, el voluntarioso, el expansivo, el pundonoroso, el austero, el emprendedor y el apático.
Cada una de estas conductas que el escritor menciona, afloran diariamente en las historietas que Liniers publica desde el año 2002 en La Nación (y que precisamente llevan como título Macanudo).
Aunque gran parte de estas tiras fueron reunidas por Ediciones de la Flor para componer los primeros cinco volúmenes de Macanudo, su reciente libro, Macanudo Universal, esgrime la totalidad de su producción editada (más algunos bocetos, historietas inéditas y extras -en los cuales, distintos colegas, continúan su obra-).
Si bien, en una de sus tiras, Liniers puede retomar un lenguaje absurdo y representar a las dudas, las pesadillas, las melancolías y las ideas, sentadas juntas en una mesa tomando café y comiendo palmeritas, asiduamente, las viñetas de Macanudo Universal fagocitan una infinidad de personajes – en su mayoría seres antropomorfos- que desprenden sátiras hiperbolizadas sobre la idiosincrasia y la cultura porteña. El humor de estos actores enhebra la inocencia con la denuncia política. Estas polaridades se conectan sobre Enriqueta, una niña similar a Mafalda con un insondable universo interior, que reflexiona y juega con sus mascotas -estimulada por la naturaleza y los libros-.
Sin dudas, Liniers espera de su interlocutor un cierto desarrollo en su preparación cultural: la temática de sus tiras articulan distintas áreas del arte –como música, pintura y literatura-. Al mismo tiempo, traza un profundo anclaje en lo cinematográfico, principalmente en su composición estética: varios de sus personajes parecen soltados de películas de David Lynch, Stanley Kubrick o Ingmar Bergman.
En consonancia, Liniers vuelca algunos recursos visuales de este lenguaje sobre sus viñetas: cambios de ángulos, planos fijos y una cadencia lineal, como en un cuadro- secuencia. Sobre sus encuadres pivotea el adentro y el afuera: el dibujante intenta en cada plano yuxtaponer los renglones de lo que se muestra y lo que se insinúa. Así, enhebra con suspenso algunas de sus mejores bocanadas, mientras en cada escena se retroalimenta el presente y el pasado -y aquello que se ubica atrás y adelante-.
Pero quizás la característica más distintiva de la obra de este artista sea la fragmentación y la irregularidad que traza sobre la forma de los cuadros y los textos, los cuales adquieren sobre el espacio una distribución disonante y desequilibrada.
Matías Rodríguez
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