06 setiembre de 2010
 Buscar 
 en 
Suscripción a Newsletter 
  Críticas
  Reportaje
  Libro
  Noticias
  Corresponsales
  Archivo
  Teatros
  Responsables
  Festivales  
  Talleres  
     Heras
FÚTBOL Y TEATRO: Nuevas reflexiones
Quizás a los que nos gusta escribir, fundamentalmente, para colocarnos en la línea de lo que Buñuel le explicaba a Jean Claude Carrière, cuando se reunían encerrados en un hotel, para escribir alguno de los últimos guiones del genial aragonés y Don Luis le hacía escribir al dramaturgo francés obligatoriamente un cuento o una historia cada día, aunque luego no sirviera para el guión que estaban construyendo. Ante la extrañeza de Carrièrre Don Luis le decía: “Mire Carrière, la inteligencia es un músculo”…..Es decir que aunque no tengamos mucho talento para aspirar a las mieles de los grandes, nos sigue pareciendo que escribir es un acto de gimnasia mental y que, además, nos ayuda a convivir con nuestros fantasmas. Por eso, vuelvo a menudo a reflexionar sobre temas que, seguro, tienen que ver con mi memoria emotiva mucho más que con las necesidades reales del mundo teatral en la actualidad. Es decir escribir del análisis de estructuras linguísticas, estilos dramatúrgicos, estrategias de puesta en escena o modos de gestión del teatro actual. Eso lo debo hacer a menudo cuando estoy presente en Congresos, Seminarios o Talleres. Pero gracias a la generosidad y amabilidad de cómo me acogen los editores de estas páginas virtuales, siempre me siento tentado a lanzarme por territorios más personales. Y, por ello, como no podemos obviar que se nos viene encima un MUNDIAL DE FÚTBOL, con toda la parafernalia que ello supone, hoy vuelvo, cual criminal vuelve al lugar de su acto, a reflexionar sobre las posibles relaciones que fútbol y teatro tienen aquí y ahora. Porque puede que hace unos años, cuando ya escribí sobre esto, la realidad del fútbol fuera un tanto diferente a la progresiva mercantilización y filibusterismo que se ha adueñado del fútbol en los últimos años. Quienes me conocen a ambos lados del Atlántico saben que tengo un pecado manifiesto: SOY DEL REAL MADRID. Sí, ese equipo que para muchos sigue siendo el “”club de fútbol del Régimen”….¿De qué régimen?....cuando desde hace décadas lo fino, elegante, progresista, europeísta y de buen tono ha sido ser del Barcelona….equipo que hoy hace un fútbol magnífico y envidiable, pero generalmente en manos de sujetos en su Presidencia y Directiva que nada tendrían que ver con el “pensamiento progresista”…..Por eso, quiero apartar de estas reflexiones cualquier tentación de “polémica política”, pues creo que en ambos bandos poco podríamos reprocharnos en cuestiones tan personales y, además, soy tan ingenuo que sigo pensando que el fútbol debería ser fundamentalmente un juego. Sí, tal y como llaman los franceses o los ingleses al término nuestro de “representar” en el teatro: jouer o to play. Toda representación escénica debería ser una ceremonia gozosa, sea esta un pieza trágica o una comedia. El ánimo que nos debería unir a espectadores y actantes sería el del gozo. Llorar o reír, pensar y sonreír, sentir una cierta catarsis….como ocurre durante un partido de fútbol en el que juega nuestro equipo preferido. Por qué evidentemente una diferencia esencial entre fútbol y teatro es que en este último podemos elegir entre múltiples autores, actores, directores, escenógrafos, coreógrafos o bailarines y en esa diversidad encontramos placer al contemplar esas diferencias estrategias artísticas….pero en fútbol necesitamos tener un PUNTO DE REFERENCIA, un club de nuestros amores y desamores, una opción rotunda. Y a partir de ahí podremos reconocer que otro equipo juega muy bien, incluso lo borda….pero no es lo mismo que el nuestro. Será esa famosa seña de identidad que, por desgracia el fútbol actual va perdiendo para convertirse en un puro ejercicio de resultadismo. Por eso, ser del Real Madrid no es nada fácil, pues además de ganar títulos queremos que se juegue bien y con inteligencia a esa cuestión tan extraña de once señores (o señoras) pateando una pelota para meterla en un curioso artefacto llamado en España “portería”. ¿Por qué portería? Que yo sepa un portero en una finca no se tira a detener a un desconocido realizando una airosa palomita o siente eso que tan bien llamaba Handke del “miedo del portero ante el penalti”. En otros lugares de habla española se le nombra de otras maneras, igual que al delantero centro, al carrilero, al media punta, al entrenador o al árbitro. También en este deporte se puede apreciar la variedad de nuestro idioma a la hora de nombrar la misma cosa.
Me doy cuenta que he perdido la dirección del juego. Estaba hablando de las dificultades de ser seguidor o hincha del Real. Las contradicciones nos corroen por dentro. Queremos tener los mejores jugadores pero cuando el Presidente se gasta cantidades obscenas en contratarles, nos cabreamos. Queremos tener el mejor entrenador del mundo, contratamos durante tiempo a personajes que no logran cuajar ni títulos, ni buen juego…y cuando vuelven a gastarse una millonada en el entrenador de moda, empiezan la retahíla de adjetivos, imprecaciones y profundos pensamientos: “chulo”, “no va con el estilo del Madrid”, “soberbio”, “ultradefensivo”, “sólo tiene suerte”, “no va con el carácter de este equipo”, “¿por qué otro extranjero?”, “esto no es como Italia o Inglaterra”, “se peleará con todo el mundo”, “bocazas” y dos expresiones muy cercanas a nuestro mundo escénico: “payaso” y “teatrero”….que en boca de las que lo enuncian son, sin duda, insultos, despreciando de ese modo oficios tan nobles. Pero y si el susodicho personaje fuera en realidad solamente un hombre pasional, amante de su oficio y un poco descarado….Ah claro, como un buen actor. Este señor también habla con el cuerpo o utiliza múltiples estrategias dialécticas, pero lo que no cabe duda es que es costoso económicamente, muy costoso para un mundo en crisis. Y es ahí donde nuestra ideología empieza a debatirse entre la convicción y la necesidad, Estamos convencidos que gastarse esos dinerales es obsceno pero tenemos la necesidad de ganar títulos.
Y, sin embargo, a mi me parece que no debería ser así. Preferiría la ingenuidad de cuando era chico e iba con mi padre en uno de los viejos tranvías madrileños a ver, en blanco y negro, a unos jugadores que no eran tan guapos como los de ahora, incluso algunos tenían barriga pero no paraban de marcar goles o eran calvos, bajitos y sin ningún glamour. Hoy hasta los más feos, como Ribery, anuncian ropa de marca, coches de lujo o espantosas colonias. Pero hoy CASI TODOS son meros filibusteros o legionarios que pueden cambiar de colores y decir que siempre ese el CLUB en el que había deseado jugar toda la vida…hasta que otro le ofrece más y cambia de color.
Pero puede que hay haya también una analogía con la profesión escénica actual en este momento y en ciertas partes del mundo. El amor por el teatro es inversamente proporcional al dinero que les produzca la televisión o el cine. Muchos dirán que realmente lo que más les gusta es estar en un escenario en vivo porque es donde se ve a un actor de verdad pero van posponiendo ese reto hasta que un productor no les ponga en la mesa un jugoso contrato para una corta, pero muy bien remunerada temporada en un teatro. Como muy bien plantea en un artículo reciente Fernando Lara en su artículo “El misterio de los actores”: “Son adorados, venerados, imitados; pero también, tantas veces, vejados, odiados, insultados. Son apasionados, reivindicativos, divertidos; pero también, en muchas ocasiones, vanidosos, exigentes, caprichosos……”. Quitando lo de reivindicativos el perfil muy bien podría aplicarse a los futbolistas de nuestros días. Demasiada parafernalia mediática por delante y por detrás.
¿Y los entrenadores? ¿Los DT? Pues algo parecido. Siempre parecen dispuestos a dirigir un equipo cuya fisonomía durante décadas ha sido el ataque, aunque ellos practiquen el cerrojo o venderán humo sobre disposiciones tácticas cuando, en realidad, solo tienen retóricas imposibles.
Pero bajemos al césped. Recomiendo vivamente recuperar la Revista de la Asociación de Directores de Escena de España, nº 66-67 de abril/ junio de 1998. Allí se encuentran artículos de Juan Antonio Hormigón, Eduardo Pérez-Rasilla, Alberto Fernández Torres, José Ramón Fernández, Ernesto Caballero, José Martins, una pequeña aportación de quien esto escribe….pero hay dos textos interesantísimos, nada menos, que de Bertolt Brecht y otro del gran Pier Paolo Pasolini titulado, nada más y nada menos, como “El fútbol es un lenguaje”. En este artículo Pasolini dice: “Cada gol es siempre una invención, una subversión del código, atropello, estupor, irreversibilidad, al igual que ocurre con la palabra poética” o “Puede haber un fútbol como lenguaje fundamentalmente prosístico; y un fútbol como lenguaje fundamentalmente poético”. Para él el fútbol en prosa es el que obedece al denominado sistema europeo, y el fútbol poético es el latinoamericano y termina reflexionando como en los Mundiales de México de 1970: “la prosa estetizante italiana fue derrotada por la poesía brasileña”. ¿Qué pasará este año en el Mundial de Sudáfrica? ¿Qué poética triunfará? ¿O aparecerá el azar? ¿O “la mano de Dios” encarnada en otro iluminado dará el triunfo a una selección tapada? Dentro de muy poco se desvelaran estos enigmas, así como quienes son las nuevas estrellas y los previsibles estrellados.
Me sigue resultando muy curioso como un tema que mueve millones de personas no ha encontrado un correlato similar en el mundo de las Artes Escénicas. Es decir textos que hayan pasado la barrera de su momento para convertirse en clásicos contemporáneos….cierto que tampoco el cine que, por ejemplo, tiene una espléndida filmografía sobre el boxeo, no la tenga tan interesante al retratar el mundo del fútbol. Son a veces “pequeñas películas” como “Quiero ser como Beckham” de Gurinder Chadki, las que analógicamente han tratado mejor un mundo que cuando se traspasa a la pantalla suele caer en la hagiografía o en lo rutinario.
Otros títulos que podríamos recordar también en la esfera cinematográfica son la épica “Evasión o victoria” de John Houston y curiosamente varias del reciente cine español “El portero” de Gonzalo Suárez, “Días de fútbol” de David serrano o “El penalti más largo del mundo” de Roberto Santiago.
En narrativa si podemos encontrar innumerables autores que han escrito, sobre todo cuentos o pequeños relatos, sobre el mundo futbolístico. Baste recordar en la literatura iberoamericana los magníficos textos de Manuel Vázquez Montalbán, Osvaldo Soriano, Benedetti y el negro Fontanarosa.
Conozco un montón de artistas teatrales apasionados por el fútbol. A dos de ellos por los que tengo enorme admiración, como son Jean Fabre o Ricardo Bartís , siempre me he quedado con las ganas de preguntarles: ¿Por qué no hacéis un espectáculo directamente inspirado en el universo futbolístico? Tal vez ocurra lo que ya hace años señaló en una entrevista Jorge Valdano cuando se le preguntó en el número especial de la ADE sobre la carencia de textos teatrales que abordaran el mundo del fútbol. Él respondió: “Porque el fútbol es representación. Tratar de hacer una representación sobre el fútbol resultaría una redundancia. Sería como meter un espectáculo dentro de otro espectáculo. Es muy difícil sustituir una incertidumbre por otra, un miedo por otro. Uno puede hacer una obra de teatro abordando la parte humana del juego, porque el juego es en sí mismo una recreación. Es como esas muñecas rusas: a medida que van abriéndose, son más pequeñas, pero la más pequeña no te dice nada ni te aclara nada sobre la más grande”.
Creo que en este razonamiento mi admirado Valdano da a entender una visión del teatro bastante tradicional. Parece que un texto teatral solo pudiera plantear una representación de una historia narrativa basada en sucesos futbolísticos –y es ahí donde más textos tenemos-, pero pienso que en un teatro del siglo XXI la exploración de códigos escénicos van más allá de la simple narratividad y por eso se podría escribir desde analogías o metáforas futboleras sin tener que contar la vida o los conflictos naturalistas de tal o cual jugador. Pero en fin, eso sería motivo de otro debate, el del prisma narrativo limitado con el que todavía se analiza y contempla el teatro, sin tener en cuenta la diferenciación entre literatura dramática y escritura escénica.
El caso es que sí se han escrito obras en los últimos años. Partiendo de esa pieza histórica que escribió Agustín Cuzzani “El centrofoward murió al amanecer”, podemos señalar textos como “Garrincha” de Sergio Valetti, un musical sobre el mismo Garrincha titulado “Garuma, una vida al ataque”, “La tattica del gatto” de Gianni Clementi, “Heroica del domingo” de Manuel Martínez Mediero, “Oé, oé, oé” de Maxi Rodriguez, un texto francés sobre Cantona, pequeñas obras de Roberto Perinelli, Bernardo Carey, Roberto Cossa, Marta Degracia, Osvaldo Dragún, Carlos País y Eduardo Rovner para un proyecto que creo recordar se iba llamar “Futbol”, “Once en la cancha”, bajo la batuta del mexicano Vicente Leñero con obras de Bárbara Colio, Rafael Rodríguez y Ángel Norzagaray, entre otros, “Sex n´drugs n´Johan Cruyff” de Josep Julien, “Uno de nosotros” sobre Cannavaro, escrito por Giampiero Mirra o un montaje a partir de textos que yo mismo edité bajo el titulo “Al borde del área” en la colección de la Muestra de Teatro Español de Autores Contemporáneos, con 13 textos breves de autores españoles y que luego Pablo Calvo montó bajo el título “Miedo escénico” con piezas de Juan Mayorga, Ernesto Caballero, Cándido Pazó, Maxi Rodríguez y Rodolf Sirera. El mismo Mayorga me habló en su momento de escribir un texto sobre Maradona, del que no dudo que habrá múltiples referencias (incluso una obra autónoma) en la dramaturgia argentina contemporánea. Por supuesto que si se abriera una auténtica investigación al respecto nos encontraríamos con muchas más obras, sobre todo en el ámbito de la dramaturgia inglesa y del este de Europa de nuestros días.
Desde el punto de vista de la teatralidad en el mundo del fútbol hay también una trouppe de secundarios que, a veces, quieren ser los protagonistas del momento. Son los árbitros, los directivos, los linieres, los presidentes de los clubs, los intermediarios de futbolistas, los cronistas deportivos los funcionarios de la FIFA, la UEFA y las Federaciones Nacionales…..en general una caterva de malos secundarios que no asumen su papel en la obra y quieren opacar a los auténticos protagonistas. Seguro que en cada país tenemos ahora a advenedizos de los negocios (a veces directamente sucios) que quieren ser presidentes de clubes para subir en la escala social, deplorables burócratas y funcionarios viviendo con enormes sueldos, dietas de escándalo y una proverbial ignorancia de muchos de los aspectos fundamentales que deberían resolver en los despachos y no con sus habituales trapicheos. Árbitros incapaces que llenan de errores las canchas de todo el mundo, pintorescos intermediarios, pillos y truhanes de diferente pelaje pero que mueven enormes cantidades de dinero en la contratación (tantas veces opaca) de jugadores. Verborreicos comentaristas que más que periodistas deportivos parecen haber salido de cualquier programa basura de televisión, directivos que se juntan al poder de turno para compartir los negocios, chanchullos y chalaneos que se deben arreglar en los palcos……y al fondo la masa de seguidores, paganos de unas entradas cada vez más caras y sin mucho que cortar, ni decidir, en un momento en que la mayoría de los clubes son empresas privadas. Las sociedades deportivas van siendo una figura en extinción muy parecidas a la ballena blanca o al búfalo albino. Desde luego que con todo este repertorio de personajes sería quizás más fácil escribir una novela negra o un sainete que mi ansiada obra sobre el reflejo de la lucha deportiva, el esfuerzo en equipo y el ansia sana de conseguir una victoria a base jugar bien y marcar muchos goles.
Y con todo esto ¿me sigue gustando el fútbol? Pues la verdad, no como antes. Sin embargo sigo pensando en su enorme teatralidad y en las múltiples posibilidades de entretenimiento sano que podría tener sino fuera ya todo un negocio tan desmesurado. Pero también debo confesar una cosa, tampoco contemplo hoy un espectáculo teatral como lo hacía en otros tiempos. Precisamente tiempo y espacio, las dos claves para que funcione una ceremonia escénica. Al menos en el fútbol sabemos que la duración está acotada, más allá de las posibles prórrogas, pero en una representación teatral la incógnita teatral a veces se vuelve un calvario. Y, en suma, lo que me ocurre viendo un espectáculo o un partido de fútbol es que me gustaría viajar en el tiempo, volver atrás y contemplar el juego con una postura más naïf, menos sobrecargada de discursos teóricos, más abierta a las variantes posibles, lo cual no significa, en absoluto, que sea una cuestión de abandonar el análisis y reflexión de lo que estoy contemplando. Sería algo similar al concepto que tengo de un buen árbitro. Alguien que no hemos tenido en cuenta en el reparto como un protagonista, sino como el cauce necesario para que fluya la representación. En un partido o en un montaje teatral cuando veo excesivamente la mano del conductor, con su narcisismo o sus deseos protagónicos me empiezo a poner nervioso y dejo de centrarme en la belleza de una acción de contraataque o en un fluir el texto a partir de la corporeidad del actor. Por supuesto que también hay algo que cada vez más soporto menos es la exaltación exacerbada de los triunfos en los campeonatos, los desfiles callejeros, las masas aullantes, las ofrendas a las vírgenes de turno, las recepciones de los políticos en el poder, la retórica patriotera y las frases hechas de los protagonistas de las hazañas. Al menos las gentes del teatro somos un poco más discretas.
Una vez más y, llegando a este punto, no puedo dejar de recordar al gran Dante Panzeri. Me compré su libro “Fútbol, dinámica de impensado” en mi primer viaje a Buenos Aires, allá por el año 1989. La edición de Paidos que aún guardo como un tesoro es de 1967 y de esta pequeña joya del pensamiento futbolístico rescato un fragmento del libro que nos puede dejar pasmados por la clarividencia que Panzeri tenía a la hora de prevenir como sería el fútbol del futuro. Es decir, el de ahora mismo después de 33 años en el camino de ir alejándose cada vez más del espíritu de sus padres fundadores.
Con todo el respeto por la prioridad de las letras y las artes respecto de los deportes en el ejercicio de las ciencias del intelecto humano, me atrevo, sí, a señalar un total paralelismo de vínculos entre el proceso decadente de las letras y las artes y el del fútbol; coincidente con el progreso de la llamada revolución industrial que estimula la producción por encima de la creación, exalta la metodización por encima de la espontaneidad y, con el argumento de que toda obra del hombre es humanidad, ha consumado en el individuo llamado “actual” una “productiva” deshumanización de la que hasta ahora solamente se salva el hombre en edad de niño, dicho esto con relación a su libertad lúdica, su todavía sólida permanencia en el juego, aunque con las limitaciones y reservas propias de la realidad de cada día el hombre reduce más su etapa de niño, como que hay niños que ya empuñan las armas y no precisamente “para jugar”.
Los efectos de la revolución industrial en el fútbol se representan por:
A ) El desmesurado dinero en juego.
B) La deshumanización-desafectividad del jugador con el juego y la divisa.
C) La sustitución de lo improvisado, que suele ser confundido con genialidad, por la obediencia sistematizada y tediosa de lo previsto con sentido de “productividad” que no arroja mejor producción de espectáculo, ni efectividad futbolística.
D) La prevalencia de un jugador egoísta-angustiado y la progresiva extinción del jugador altruista-despreocupado.
E) El reemplazo del ídolo nacido, por el ídolo inventado por el enorme aparato promocional-publicitario, participe de la industrialización del espectáculo.
F) La avasallante mistificación que intenta situar a la ciencia y a la tecnología como factor rector de una actividad forzosamente regida por la espontaneidad, siendo que se trata de oposición directa, donde el previsionismo es tan relativo como lo espontáneo en la ciencia de las cosas mecanizadas.
G) Superando las mismas proporciones de la “revolución industrial” con sus deshumanizaciones científicas, la deshumanización del fútbol mecanizado no respeta siquiera la edad infantil, donde ya el jugador es objeto de intentos de conversión en autómata de lo preconcebido, con obligada extirpación de su sentido lúdico del juego y su placer natural por lo divertido. Aun en esa edad, el futbolista de nuestro tiempo ya es un angustiado, ya no se divierte.
H) A la manera que las letras y las artes ven reducida su vigencia a disminuidos núcleos que no representan “el gran público”, el fútbol en su sentido artístico ortodoxo se ha convertido en dominio de minorías sin trascendencia, dentro de la succión que la industrialización del fútbol como espectáculo ha hecho del fútbol como juego profesional, que en alguna manera siempre fue. La relación de la decadencia pública de escritores y artistas con la gran divulgación de las proezas en el mundo espacial y atómico es perfectamente homónima con la enorme cantidad de interesados por el fútbol que ignoran como se golpea una pelota, pero dominan con dialéctica de gran “agiornamiento” los movimientos de los jugadores que se atribuyen a las planificaciones con que ciertos técnicos dicen gobernar previstamente esa puja de imprevistos y espontaneidad que es un partido de fútbol

Cierto, es una larga cita. Pero nos hayamos ante un libro que, incluso, ha ganado en valor con el paso del tiempo, pues muchas de las cuestiones que plantea Dante Panzeri están hoy de rabiosa actualidad. Con el feroz neoliberalismo instalado en todos los ámbitos de nuestra vida y con los recortes propiciados por la crisis del sistema financiero en temas como la cultura, fútbol y teatro no podrán escapar a esas leyes del mercado. Por eso me gusta cada vez menos el tinglado futbolístico y me lleva tener una posición (intelectual) indiferente, aunque confieso mi pecado de seguir cada domingo los partidos de la Liga y continuar asumiendo que cuando veo un buen partido, y más si es de mi equipo, el placer es similar al que siento cuando veo una gran representación escénica. Pero también me abochornan muchas de las ceremonias y rituales de “hooligangs” que canalizan su pensamiento fascista, racista e intolerante a través del fútbol y el amor a “sus” colores: Es como todos aquellos que solo creen que hay un tipo de teatro, el que a ellos les gusta…….Romanticismo y tolerancia serían dos de las fórmulas que tendría el fútbol y el teatro para que me sintiera menos escéptico ante su evolución. Volver a pensar esos territorios como procesos de placer, de oficio, de rigor, de compromiso, de forma de vida…más allá de los condicionamientos mediáticos y sociales de su forma actual.
Y mientras, dentro de unos días, en un país africano, aún sumido en múltiples contradicciones económicas, políticas y sociales, se celebra el mayor espectáculo del mundo. Millones de espectadores seguirán los partidos de su selección, mientras otros, que ni siquiera están presentes también estarán pendientes de las evoluciones de esos ídolos llamados Messi, Cristiano Ronaldo, Rooney, Kaká, Ribery, Forlan, Casillas, Robben, Drogba, Eto´ó, Xavi o Buffon.
Sólo en una retrasmisión televisiva de uno de estos partidos quizás haya más espectadores que los que congregue toda una temporada de teatro en alguno de nuestros países. Por ahí no pueden, ni deben hacerse comparaciones. El poder mediático del fútbol actualmente es arrollador y, seguramente cuando países de economías emergentes como China, India y otros del área oriental, al igual que con el aumento de su incorporación en el imaginario deportivo de los norteamericanos, se incorporen en masa a la fiebre de su consumo las cifras llegarán a ser de vértigo. Hoy los poderosos jeques árabes compran clubs de fútbol europeos, otros nuevos ricos se incorporarán a la moda, y al igual que les parecerá muy chic asistir a una representación operística en La Scala o el Metropolitan, les parecerá fantástico que les hagan fotografías en los palcos de muchos estadios de fútbol, propiedad en otros tiempos de los socios de ese club. Imposible pensar en esa transformación en el territorio de las Artes Escénicas. Nuestra metáforas y analogías se deben quedar en los aspectos técnicos y estéticos de sus prácticas, en como el azar puede aparecer continuamente en su desarrollo, en como, por mucho que se empeñen, la pasión debe estar presente en su ceremonia. Y así seguiremos pensando que hay entrenadores que en sus métodos están más cercanos a dramaturgias como el sainete o el teatro épico, el surrealismo o la poesía, el realismo-sucio o la fragmentación, la distanciación brechtiana o la cuarta pared stanislawskiana. Y esa estrategia de preparar un partido se la volcarán a sus jugadores para que, a su vez, regateen, den pases en largo, hagan grandes paradas, corran la banda, cabeceen espectacularmente o simulen una falta, con el talento de los grandes actores o el oficio de los impecables secundarios. Y, a la vez, cuando acudamos como espectadores a una sala teatral o a un estadio, podamos recuperar un poco de nuestra memoria emotiva de cuando también nosotros jugábamos con un balón en cualquier descampado urbano o nos disfrazábamos de pirata para vivir una aventura ajena a la cotidianeidad.

Guillermo Heras



Ver sitio anterior >>                            ©2010 Crítica Teatral todos los derechos reservados